José Bragayrac

José Bragayrac

Termómetro

El del martes será un partido muy complejo no solo por el grado de dificultad que amerita enfrentar a una selección como la chilena. Lo será porque, además, el equipo de Gareca deberá hacer frente a otro rival aún más agresivo y despiadado: nosotros mismos.

Perú y sus complejos, sus carencias y sus urgencias, debería ser un bocadito dócil y sencillo para una selección robustecida como Chile. Históricamente, hemos sido débiles y hoy lo seguimos siendo como amables visitantes. Perú suma 27 partidos sin ganar fuera de casa en las Eliminatorias. Nada menos que 25 derrotas y apenas 2 empates. La última victoria fue en el 2004 ante Uruguay, en Montevideo (1-3), y desde entonces hemos ido dando pena una y otra vez en cada salida, y sin mayores complejos ni miramientos por quien nos ganaba: desde el más pintado rival hasta el más austero.

El de Gareca, hoy, es un once con rendimiento amplificado por el corazón. Un equipo quizá no eficiente, pero sobrehumano en cuanto a sudor y punche. Un once retroalimentándose de la misión imposible, que en los últimos partidos resulta ser un pequeño contestatario. Lo hizo ya ante Ecuador y lo repitió ante Argentina. Gestó una reacción con altas probabilidades de fracaso. Ahí está la explicación de por qué empatiza tanto con el hincha, por qué los Corzo, los Trauco, los Cueva y los Ruidíaz engranan tan bien con el feeling del sufrido aficionado. Más allá de los aciertos y errores de Gareca, el proceso tardío de consolidación de nuevas figuras amerita un aplauso. Lo del martes no debe ser una exigencia para mantener la ilusión mundialista, debería ser un termómetro para verificar cuánto y cómo estamos avanzando en ese lento y doloroso tránsito que significa salir de la crisis.

Lo del martes puede doler mucho o puede emocionarnos hasta las lágrimas. Pero no debería permitir que se pierda la confianza en este nuevo molde de jugadores. La cabeza, quizá. Pero no en los jugadores.